lunes, 14 de abril de 2014

Exhausta.

Se cansó de teorías. Se cansó de estúpidas y complejas teorías. Se cansó de todo lo que habían planeado para ella. Una vida color de rosa, le decían. ¿Rosa? ¿Dónde estaba ese color?

Una mañana, de repente, se había convertido en otra persona. Una mañana, había llegado su vejez y con ello se dio cuenta de su presente, de lo que realmente tenía: nada.

Sintió ese vacío, esa sensación de asfixia. ¿Y ahora qué? Sin duda, había dejado atrás su vulnerabilidad.

Las promesas, fueron olvidadas. Su familia, en el empeño de ayudarla, también. La única persona a la que se había entregado en cuerpo y alma, la única persona que podía aliviar su pena la había traicionado, y olvidado. La única persona a la que se había entregado en cuerpo y alma era incapaz de comprenderla, incapaz de empatizar.

Se cansó de teorías. Se cansó de vomitar palabras que ni siquiera eran escuchadas.

Fue tal su desolación que a la calle marchó. En busca de nada. En busca de nadie. Tristeza, amargura, melancolía, ira, rabia, odio, pesadumbre. Soledad. Maldita soledad.

Una mujer que nunca había odiado a nadie. Una mujer que había sido feliz, alegre y optimista, se veía hundida en la más profunda de las miserias. Su luz se fue apagando poco a poco, aunque allí, en medio de todos, en medio de nadie, podía pasar tal vez, más desapercibida.


lunes, 24 de marzo de 2014

Gran Angular II.

En plena noche de invierno, Erika, llegó al hotel que diez años antes había visitado y compartido en tan grata compañía. El recepcionista aún la recordaba y la recibió lleno de alegría. Si bien, la respuesta de ella no fue la misma. Para sus adentros, aquel hombre percibió una gran tristeza en el rostro de aquella mujer y una frialdad que para nada tenían que ver con la huésped de hacía tiempo.

Ciertamente, algo la había hecho cambiar durante todo ese tiempo. Algo que no la dejaba avanzar, seguir con su vida. El recepcionista la acompañó hasta la suite principal y una vez allí, Erika pidió que no la molestaran. Minutos después y antes de desalojar su maleta, se dirigió al mueble bar y sacó una botella de vodka. Ella sabía mejor que nadie lo que necesitaba.

Más tarde, sintió la necesidad de pasear, sentir el frío en sus huesos y el olor de la noche que comenzaba a caer.

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Salió a la calle, confusa, pues el vodka mezclado con los analgésicos no le habían dado buen resultado. Deambulaba sin rumbo, pero sentía la obligación de dejarse llevar por la soledad y oscuridad que aquellos callejones le transmitían, sentirse perdida por aquellas callejuelas de encanto singular que años atrás fueron mágicas.

Había llegado a la ciudad para encontrarse consigo misma, sin embargo, avanzaba y retrocedía, la conmovían algunas voces de vagabundos solitarios y sonidos de las casas que aún a esas horas seguían vivas.

De repente, algo llamó su atención. Una fachada perteneciente a una librería antigua, demasiado. Unas rejas que separaban unos cristales rotos a través de los cuáles pudo asomar su cabeza y percibir un inconfundible olor a cerrado, a viejo. Consiguió echar un vistazo rápido y pudo constatar una gran cantidad de libros amontonados, unos encima de otros, llenos de suciedad y carcomidos por miles de años a su paso. Tratados de filosofía, historia, política. Libros de leyes, novelas de suspense, de intrigas, de amor, yacían sobre capas de polvo y telarañas.

Por un momento meditó sobre todos aquellos capítulos desaparecidos, comienzos perdidos, finales sin inicio, principios sin final. Pensó en algunos de sus posibles protagonistas salidos de aquellas páginas y que hoy día aullaban perdidos entre aquellas cuatro paredes, buscando descansar, quizás. Buscando salir, tal vez.

No supo exactamente cuánto tiempo había transcurrido mientras quedó absorta en sus pensamientos, si bien, la noche se hizo aún más patente y la oscuridad era absoluta. Un ruido al final de la calle la hizo huir de su ensimismamiento.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

¿Qué estaba sucediendo?
¿Acaso aquel estruendo era fruto de un disparo, de un asesinato?


Con miedo, consiguió refugiarse en un aparatoso portal del edificio contiguo a la fachada de la librería. Con entrecortados suspiros y temblores delicados vio pasar una sombra.

Lo que Erika no sabía es el significado que iba a acarrearle aquella sombra. Una sombra que la estaría persiguiendo desgraciadamente durante mucho tiempo, una sombra que se convertiría en una prolongación de ella misma.


lunes, 3 de marzo de 2014

Gran angular.

El único momento en el que parecía evadirse un poco era cuando saciaba su adicción a la cafeína. Desde primera hora de la mañana deseaba un café largo que la despejara de golpe y le hiciera olvidar la tortura de las pesadillas que la perseguían durante la noche. Nada más caer en la cuenta retiraba lo dicho deseando volver a dormirse, pues el terror diurno las superaba con creces.

Su mente la controlaba. Lo tenía claro. Pese a ello no podía hacer nada: su ira y frustración iban en aumento y la impotencia se apoderaba de ella.



La mayor parte del tiempo se sentía la única culpable, y esa culpa le provocaba, además, una rabia contenida que no sabía cómo descargar. Había permitido que los acontecimientos desembocaran de forma tan trágica, que simplemente ocurrieran, y sin una alternativa a su alcance, se había resignado a convivir con ella.

La llamaba: mi otro yo.


Esa faceta que todo el mundo tiene pero solo algunos, desafortunadamente, logran encontrar. Ese lugar oscuro que reside en lo más hondo del ser, en la parte más recóndita del corazón. Ese malvado doble que nadie querría conocer; ni invitar a comer en familia. 

Ese estado en el que te sientes el pasajero de un coche que se dirige sin control hacia un precipicio. 

Esa alma que todo el mundo cree tener hasta que descubres que la has matado lentamente a golpes, en una brutal paliza.

domingo, 12 de enero de 2014

Un día cualquiera.

Se levanta temprano, desganado. Espera el devenir de un nuevo día, otra jornada más de sus 89 largos años, que sin duda, ya le pesan. A pesar de ello, agradece poder ver el sol un día más; ¿o quizá no? Para sus adentros se pregunta abatido: “de qué sirve, de qué me sirve si…” No encuentra respuestas y derrotado, sigue conformando su única realidad presente.

Se levanta temprano porque no hay nadie que lo retenga en la cama, ni mucho menos en la casa. Desde hace años las paredes de su hogar solo habitan para él y su voz reverbera en el vacío infinito de una casa tan grande, de una morada que un día estuvo repleta de gente: retoños que fueron creciendo, zagales que se hicieron mayores, que partieron y formaron sus familias, adultos que se fueron, unos para siempre, otros eternamente. Porque no es lo mismo siempre que eterno.


Se levanta temprano, moribundo. Tose con fuerza y se tambalea mientras consigue llegar a la cocina y logra poner a calentar su particular cazo de leche, esperando sosegadamente a que hierva y ansioso de poder añadirle su cucharada diaria de miel, tal y como ella lo hacía. Absorto en sus pensamientos se ensimisma cabizbajo; “Buenos días, ¿cómo has pasado la noche?, ¿se está bien allá arriba? Hazme una señal, algo a lo que me pueda agarrar".

Se levanta temprano y a pesar de la intermitente lluvia, marcha hacia su paseo matutino, el mismo recorrido que antes realizaba acompañado. A veces lo escuchan hablar solo. La gente murmura a su alrededor pero a él no le importan esas habladurías. Son sus recuerdos, sus vivencias, sus paisajes compartidos, en cada rincón, en cada esquina. Que hablen lo que quieran, mis pensamientos solo serán míos. Se levanta temprano, con la única ilusión de poder escuchar ese susurro que tanto anhela, esa melodía que brotaba de aquellos labios que lo acompañaron durante más de 60 años.

Se despierta temprano pero ni siquiera amaga a levantarse. Ese día está cansado, se siente más viejo de lo normal, fatigado, hastiado de la vida. Una tímida sonrisa surge en su rostro cuando escucha entre su ceguera y desvarío: “Agárrate de mi mano, no tengas miedo. Ya nunca más estarás solo. He venido a buscarte, he venido a encontrarme contigo”.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Inventario.

Llegamos al final de un año y nos vemos “obligados” a hacer balance, resumen, de lo que éste supuso para nosotros. ¿Para qué? Si hemos sido felices, ha sido efímero y disfrutado en ese momento,  habiendo sabido aprovechar cada minuto que la vida nos ha ofrecido, saboreándolo, atrapándolo. Eso es la felicidad. Si por el contrario el año nos ha golpeado con tristeza y dolor, no merece la pena hacer balance, simplemente seguir adelante, arrancar el calendario y comenzar con más ganas e ilusión el nuevo año. 

Hacer un inventario de sentimientos y experiencias no es fácil: el tacto de una caricia, un beso, un abrazo reconfortante, una sonrisa de un niño, de esa inocencia que tanto nos (me) gusta, unas palabras de aliento, un secreto compartido, unas risas, un llanto desolador, una euforia descontrolada, la pérdida de peso en la balanza semanal y tu alegría al comprobarlo, correr, hacer ejercicio y sentirte más plena que nunca, soltar una carcajada espontánea, recordarla y volver a sonreír, cenas de aniversario, besos congelados, conciertos de ídolos, detalles que atraviesan el alma, recuentros con personas a las que hacía mucho tiempo no veías, recibir noticias tan bonitas que solo te alienten a contar los meses que quedan cada día, regalos desde la distancia, palabras que vuelan, perder el tiempo maravillosamente, ganar momentos, planes, emoción, mensajes inesperados, más risas, complicidad difícil de superar, palabras escondidas, desayunos en la cama, amigos, fiestas, bodas, cenas, fotos para el recuerdo, querer, amar, desear, mil besos, empacho de caricias, tu piel, tus ojos, nuestras bocas, el alma en cada abrazo, saberte aquí, confiar, tenernos sin palabras, acurrucarme en tu pecho, perderme en tu cuello, vivir, sentir.

Inventario de momentos; amargos, dulces, inolvidables. Inventario de historias vividas, compartidas, de ayer, de hoy y mañana. En otro sitio, con otra gente pero siempre contigo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Lost.

Empieza a contar para que pueda esconderme. Estaré oculta hasta que todo esto pase, hasta que tenga una respuesta, hasta que pueda encontrar un poco de lógica. ¿Acaso la hay? Mejor esconderse ante lo que hay, ante el esfuerzo realizado en balde, ante las injusticias diarias y las dificultades del camino.

Empieza a contar para que pueda esconderme, sí. Hazlo rápido. Es lo que hoy quiero, tomar prestado un poco de tiempo, tiempo para concienciarme y para saber si quiero salir de aquí. Mientras tanto seguiré oculta, esperando un poco de luz, aguardando ese resquicio de esperanza que tanto necesit(amos), deseando y soñando con poder volar y aterrizar en ese destino tan anhelado. 

Empieza a contar, me esperaré oculta hasta que llegues al número ¿cien, mil, doscientos mil..? Entonces me buscarás, y cuando me encuentres haremos como si fuese la primera vez. Tus cálidas manos me llevarán justo a dónde yo quiero y tus tórridos besos me extasiarán como necesito. 

Empieza a contar y juguemos.



La vida no es más que un juego. Un juego al que todos jugamos, un juego constante que no pasa de moda, el escondite.

Consiste en perderse y buscarse, en buscarse y encontrarse, en encontrarse y esconderse, en esconderse y buscarse.

No siempre será agradable lo que uno encuentre, y por ello se esconderá para poder encontrarse después. Por eso siempre nos quedará perdernos y buscarnos, buscarnos y encontrarnos para luego si se tercia volvernos a perder...

domingo, 1 de diciembre de 2013

Tráfico de pensamientos.

Mientras unos pasan, otros esperan. Como prácticamente casi todo en esta vida...
Excepto cuando tengo mucha prisa, a mí en realidad no me incomoda lo más mínimo detenerme ante un semáforo. Durante este breve tiempo de parada, aprovecho para mirar a mí alrededor y deducir los pensares de la gente que me rodea. A mi lado izquierdo hay un chico joven que no aparta la vista de su tecleo en el teléfono móvil. A mi derecha hay, en cambio, una mujer mayor, que sostiene dos bolsas de la compra, una en cada mano. Una niña pequeña sujeta la mano de su abuelo que muy cariñosamente le abre una bolsa de gusanitos y la previene acerca de cómo debe sujetarlos. Mientras tanto, aprovecho para coger un chicle de mi sabor preferido y casi al mismo tiempo, alargo mi mano para sacar del bolso mi cámara de fotos pues quiero aprovechar la parada para tomar una imagen de este semáforo en día tormentoso (quizá algún día me sirva para escribir algo). Ya ves...hoy, por ejemplo.

Un tráfico de pensamientos transcurre por mi cabeza. Una asociación de ideas y de colores vienen a mí. Rojo; prohibición, peligro. Verde; seguridad, confianza. A continuación imagino que aquello que me rodea no son coches que cruzan velozmente (¡qué loca!), sino otro tipo de cosas que también pasan a gran velocidad, y que pueden atropellarme, hacerme daño y poner mi vida en peligro. En ese caso los coches podrían ser sustituidos por otro tipo de peligros, como el miedo, el dolor, el desamor, la soledad, la enfermedad, la desesperanza, o la angustia. En realidad supongo que es así cómo funciona el ser humano, viviendo en una pequeña porción de espacio, mientras todos estos peligros le acechan, pasando a gran velocidad por ambos lados. Pero está claro que queremos pasar, avanzar y no estancarnos siempre en el mismo sitio, puesto hay que seguir viviendo.

Es entonces cuando mi tráfico de pensamientos es interrumpido por esa mágica luz del semáforo. Luz verde que corta el hilo de mi naufragio de ideas. Ya no hay que pensar sino tan sólo seguir adelante, mientras los coches del otro carril así como los peligros, permanecen detenidos, y yo voy cruzando frente a ellos, con una luz verde que me indica que ante todo, que debo continuar mi camino.

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