domingo, 27 de noviembre de 2016

Naufragio.







Hay fotos que inspiran a escribir y otras que te recuerdan algo que leíste hace tiempo. Cuando tomé esta foto me vino a la cabeza "Carta de un náufrago", un escrito que escuché recitar en un concierto a Ismael Serrano que hace años me transmitió muchísimo y me hizo sentir nostalgia, soledad, tristeza, aceptación, tal vez superación. Dice así: 


"Hace siete meses, tres días y dos horas naufragué en esta isla que no está en ningún mapa. La primera semana lloré como un muchacho asustado y el miedo vino a vivir conmigo. Luego, maldije a Dios los quince días siguientes y me pasé tres días sin agua ni comida. Los siguientes dos meses he añorado tu cuerpo y soñado con el tibio roce de las sábanas. Cada noche encendía hogueras en los montes, pendiente de que un barco pasara por delante de esta isla maldita, en la playa dejaba mensajes de socorro pidiendo que vinieras, arrojé cien botellas con mensajes urgentes y durante tres meses aprendí que la vida es un cangrejo, un fruto, el agua del torrente, el sol que cada tarde pinta de rojo la playa…. 

Ya no siento temores...recuerdo vanamente que más allá del mar hay fusiles y espadas y hombres que maldicen haber nacido un día y que aquel mundo era una isla de monstruos. Ayer me desperté cantando sin que nadie me dijera ¿estás loco, a qué tanta alegría? Y cada tarde escribo en la arena unos versos que borran las mareas y que de nuevo escribo. Hoy he visto pasar un barco no muy lejos, he apagado raudo la luz de las hogueras, he borrado todos los mensajes de auxilio. Afortunadamente el buque ha pasado de largo".



¿Mundo de monstruos, mundo real?
¿Antes o ahora? 
¿Pasado o presente? 
¿Alejarse o seguir? 
Mensajes que no llegan y otros que ni se emiten. 
Mundo de monstruos, mundo de hipocresía. 

¿Seguimos? 





viernes, 5 de agosto de 2016

¿Qué será?


¿Qué será de ti? Sí, de ti. Y tú mejor que nadie sabe quién eres. ¿O no? Quizá sea ese el problema, que no lo sabes, que no lo sé, que nunca lo supiste.

¿Qué es la vida? Nunca sabrás que es la vida. Nadie te podrá decir nada de la vida. Se pueden dar definiciones pero en realidad no tienen ningún sentido puesto que ninguna de ellas servirá para comprender el significado exacto de la vida. 

¿Qué estoy haciendo? Si tuviese que contar en cada momento lo que hago, lo que pienso, lo que siento entonces me faltarían caracteres. Días nostálgicos, días de recuerdos que retengo y me encanta. Días de momentos compartidos. Noche bonita la de ayer. Feliz. Para volver a recordar, para sencillamente no olvidar.

¿Qué es la vida? No formules esa pregunta: no hay respuesta; luego la pregunta no puede subsistir.

¿Qué es la vida? ¿Cuál es su sentido? Verdaderamente no sabemos nada. Eres una de sus expresiones. Como una flor, pero de otra manera, así eres una de sus experiencias. Lo que está detrás de todo esto, es la vida. Pero; ¿qué es? Eso, jamás lo sabrás. 




 Reflexiones...¿absurdas y vacías? Tal vez. Lo sé.  



miércoles, 16 de septiembre de 2015

Elevamos sueños.

Empapada en lágrimas como cada mañana, Ellen despertó, y a pesar de sentir el otro lado de su cama álgido y seco, comenzó a buscarlo. Se sentía inquieta, un escalofrío recorrió su cuerpo persistiendo en ella esa angustia que la acompañaba por las noches.
En realidad Ellen nunca dormía. Hacía meses que se limitaba a cerrar los ojos y viajar al pasado, rehuir de su dolor presente e intentar permanecer en aquella nube de bienestar de la que jamás hubiese imaginado poder escapar. Alternaba presente y futuro puesto que su agudeza imaginativa le permitía fantasear con el momento en que se encontrarían de nuevo. Una y otra vez, Ellen podía sentir su fragancia, el sabor de aquellos besos, su mirada, sus abrazos, su forma de susurrar y sonreír.
Empapada en lágrimas como cada mañana, Ellen despertó. Súbitamente, aquellas palabras vinieron a su cabeza: “elevamos sueños,  tus sueños”. Haciendo ademán de levantarse encendió su primer cigarro y preparó una taza de café, con el propósito de conseguir indagar en aquellas palabras que la perseguían desde la madrugada. Ellen nunca recordaba sus sueños, ¿por qué tenía tan presentes aquellas palabras y no conseguía retener ni una sola imagen? Todas las respuestas posibles la torturaban y la llevaban a naufragar de manera desorientada. El humo del cigarrillo solo servía para perderse en una niebla de dolor aún más profundo. Ellen se sentía vacía, su corazón estaba hecho trizas, un nudo en el pecho le impedía respirar con normalidad mientras las lágrimas nacían bajando por sus mejillas. ¿Qué sueños? ¿Acaso le quedaban sueños para elevar? Ni tan siquiera sabía si ella tenía sueños, anhelos o ilusiones.
En medio de su soledad trataba de buscar el equilibrio y poder disimular sus penas aunque se decía una vez más que no sabía hasta cuándo podía seguir con aquel manual. Un manual que según el día de la semana le indicaba si debía quererlo u odiarlo, recordarlo u olvidarlo, guardarse los “te quiero” o lanzarlos al viento.
Deambulaba entre dos mitades. A ratos se sentía la mujer más dichosa del mundo por haber tenido todo, por haber aprendido a amar y a rozar los límites del deseo, de la pasión desmesurada. En otras ocasiones se sentía apenada por haber malgastado su tiempo, su vida, y por revivir una y otra vez aquellas ilusiones que fueron mutiladas y esfumadas en aquel fatídico amanecer.
Perdida la esperanza y las ganas de soñar, Ellen tomó un papel de su escritorio e intentó buscar un resquicio de cordura que le ayudara a encontrar esa nueva inspiración de aire puro: “Elevamos sueños. ¿Rotos, cumplidos, deseados?...”
Quizá en ese momento, Ellen no tenía sueños pero sí tenía la fuerza suficiente como para levantarse y crearlos, como para buscar la luz y salir de aquella oscuridad cegadora. Ella podía. Ella quería poder. 



viernes, 26 de junio de 2015

La marioneta olvidada.

No puede moverse sola.  Nunca podrá bailar, ni saltar, ni ser tan bonita como las demás.

Durante la noche se siente arrinconada y por el día demasiado reclamada. Está cansada de usar ese viejo antifaz, de hacerse la fuerte y ponerse a danzar, de tener que sacar sonrisas a los demás. Sus grandes ojos se pierden en el infinito buscando aquello que un día perdieron por algún falso delito.

Su muda boca se abre y se cierra, calla y murmura en secreto, habla y gesticula con calma. Sus piernas tan frágiles, son capaces de romperse si alguien tira de sus hilos de manera brusca y sin tacto, de manera violenta y sin mimo.





Solo ella sabe conservar como nadie historias de amor y amistad, soledades, penas y glorias. Retiene las últimas lágrimas vertidas por aquellos ojos que un día la observaron tras esa urna de cristal, urna que en cualquier momento volverá a abandonar. Para entonces venderá felicidad pero mientras tanto allí está, sin hacer ruido, respirando silencio, recordando momentos, sintiendo esa nostalgia por aquellas manos que no puede ni quiere olvidar. Manos que la tocaban, que la acariciaban, esas manos que con tanto cariño la trataban. Manos grandes y suaves, cálidas y reconfortantes. Manos que sentía como suyas porque durante años habían ejercido todo su control y dominio, haciéndola sentir segura, con ganas de seguir, de no rendirse.


Ahora todo era distinto.

Esas manos ya no estaban y con ello su corazón endeble, aunque de madera, se mitigaba.


A pesar de ello, la marioneta olvidada seguirá contando cuentos, seguirá narrando historias y representando obras de vidas ajenas, seguirá encerrada en ese viejo escaparate y aunque no puede evitar seguir siendo manipulada si podrá guardar solo para ella el sentir de aquellas manos y lo mucho que la hicieron vibrar.


Solo por eso, la marioneta olvidada ya no se siente tan desdichada.

jueves, 11 de junio de 2015

Sin.

A veces tenemos tiempo para muchas cosas y no lo perdemos en nada. Otras veces perdemos el tiempo en todo y no lo tenemos para lo que realmente importa.

Esto no es un relato más, simplemente un desorden mental que no me apetece ordenar.

Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que yo nunca pierdo el tiempo. Lo invierto. Lo aprovecho. Lo gasto. Lo comparto.

Perder pierdo otras cosas: vergüenza, dinero, ilusiones, lágrimas, sueños, esfuerzo. De la misma manera también creo que he ganado algo en todo este tiempo, algo muy valioso: fortaleza. Y bien necesaria, además.

Dicen que todo lo que sucede en esta vida sucede por algo, de la misma manera también dicen "quién siembra, recoge", refrán cuyo autor se quedaría descansando cuando lo inventó. Refrán que detesto desde lo más profundo de mi ser, el refrán más incierto, el  más jodido.

¿Quién recoge? Recogen los corruptos, los insensatos, recogen los egoístas. Porque aunque parezca demagogia recogen los que  menos se lo merecen y esa es la única verdad. La verdad universal.

A veces no tengo tiempo para nada y sin embargo hago todo. Otras veces, como hoy, me limito a escribir,  y también a saber retirarme a tiempo porque aunque ésta sea mi "casa" a veces no puedo ni debo limpiarla a fondo, tan sólo dar un barrido, hacer un boceto, entretener el hueco que dejas, aprender de la vida, del día a día, valorar, olvidar, echarte de menos, y querer-te, quererte siempre un poco más. 



domingo, 5 de abril de 2015

Flor marchita.



Al principio hubo ilusión, efímera alegría tras su visita, derroche de felicidad que terminó esfumándose y retornando a la más simple monotonía.

La quisieron dejar morir antes de tiempo, en soledad. Nadie le hablaba, ni le cantaba, ni le sonría. Nadie apreciaba su belleza. Ella seguía siendo la misma pero el paso de los días la carcomía y aquello que tan ansiosa esperaba quizá nunca llegaría.


Pasó el tiempo y se marchitó como ocurre con tantas otras cosas. "Al fin y al cabo, todo termina"; "Al fin y al cabo, nada es eterno..."

Pasó el tiempo y aún marchita, allí estaba ella…logrando mantenerse erguida y en pie, crecida ante las adversidades, marcando el lugar, mostrando la esperanza de que aún sí podía y quería seguir floreciendo.


jueves, 12 de febrero de 2015

Febrero.

Paseaba por la ciudad aprovechando el frío tempranero. No tenía nada qué hacer pero le gustaba callejear sin prisas, sin ruta ni destino marcado. Febrero había entrado fríamente y sus bajas temperaturas se notaban incluso estando reguardada en casa, a pesar de eso, a ella le gustaba sentir ese frío. 

Mientras deambulaba por las calles más atípicas, analizaba los rostros que pasaban a su lado; en una dirección, en otra, cruzando y saltándose los pasos de peatones. Rostros con prisas, desganados, ilusionados. Tenía la extraña manía de quedarse obnubilada por una cara, por un semblante que sobresalía de entre la multitud, por una mirada afligida, que caminaba a pasos por cortos, por una sonrisa escondida. Cuándo elegía a su alma diaria, se adentraba y veía más allá de la fachada. Su facultad de ver lo que nadie veía la hacía especial y diferente. Si acaso aquel día no conseguía llegar a "ver", tenía la prodigiosa imaginación de crear en su mente una historia. Un relato que pudiese alegrarle ese día gris o entristecerle un día rosa. Ella buscaba, y ella encontraba. A la carta. 

Transitando por aquellas amplias avenidas, el frío se hacía sentir mucho más. Tanto que fue capaz de notar cómo el aire gélido se calaba en sus huesos, cómo adormecía su rostro y se sumergía dentro de sus pies. Los calcetines parecían no cumplir la función prevista. Sus manos, entumecidas había dejado de sentirlas y su pequeña nariz era lo más parecido a un granizo escarchado.

-Va a llover - De repente, escuchó mencionar aquellas tres palabras y pudo comprobar cómo las escasas personas que se veían a su alrededor echaban a correr y se cobijaban bajo los techados de los edificios. Todos corrían, todos buscaban amparo de aquellas gotas que cada vez que caían con más intensidad. Todos menos ella. 


Seguía paseando sigilosamente, con calma, sintiendo agradablemente la lluvia caer, notando el agua que empapaba su ropa y se colaba entre sus lentes. Poco a poco fue sintiendo el pelo más mojado y algunos mechones goteaban adornando su cara. Evitaba vislumbrar que empezaba a sentir frío, mucho frío, pero sus dientes la delataron cuando empezaron a castañetear. Entonces sintió la necesidad de echar a correr, de reproducir lo que veía de los transeúntes pero de nada tenía que sobreguardarse, a ningún sitio tenía que ir. 

Tras unos segundos de meditación, un rayo esperanzador se dejó venir y sirvió para arrojar un poco de luz a aquella oscuridad que se había impregnado esa mañana de febrero. Los hilos de luz, fueron instalándose en aquella perpendicular, y ella, a pesar de tener sus labios morados y el cuerpo paralizado, pudo sentir el roce suave de aquellos dedos que le erizaron la piel y aquellas palabras que sólo podían provenir de una persona: -"Me encanta que haga frío. Cuando hace frío la mayoría de las cosas van más deprisa, o llegan antes"-  Su casualidad, esa frase de su película favorita, la casualidad que estaba esperando: el frío, la soledad, la mágica lluvia, aquellas palabras, esas manos. Tan sólo le quedaba dejarse llevar, porque la vida estaba llena de cosas sin explicación, y ella ni sabía, ni quería encontrarlas.

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