miércoles, 6 de abril de 2016

Mitades.

Dicen que cada flor se parece a un determinado insecto, por ello el insecto se siente atraído por esa flor, su doble, su alma gemela, y no hay un anhelo mayor para él que hacerle el amor. En ese sentido nos enseñan a vivir, nos enseñan que el único barómetro que tenemos es el corazón, y cuando descubres tu flor no puedes dejar que nada te aparte de ella.

Y así es, tarde o temprano acabamos encontrando esa alma, ese ser que se convierte en nuestro ser. Nuestro yo alternativo, diferente y a la vez tan igual.



domingo, 3 de abril de 2016

Decisiones difíciles.


Tic-tac, tic-tac. El tiempo corría en su contra. Tic-tac.

Tras largos meses de ilusión, proyectos, planes, nunca hubiese imaginado que las últimas horas de aquel día tan importante se convirtieran en miseria, en pena, en una auténtica pesadilla. 
Hasta última hora de la noche apenas se enteró de nada pues sus seres queridos se lo tuvieron ocultado, si bien, al caer la noche ya no hubo más secretos. Todo se dejó entrever. 

Abrió la puerta de su casa y pudo ver reflejado el caos en la cara de sus familiares, gente corriendo de arriba a abajo, prisas, gritos, llantos, dolor, caras de preocupación. Apenas unos minutos después llegó la ambulancia, una ambulancia que podría suponer dos cosas: salvar el momento o convertirlo en una tortura. 

Las horas que acontecieron después fueron decisivas. A ella la ansiedad le comía por dentro, las lágrimas vertidas le ardían de escozor. Quería estar sola y a la vez no podía. Quería sentir el abrazo de sus seres queridos y a la vez no podía, se asfixiaba. Muchas contradicciones, mucho desconsuelo, muchas preguntas; ¿por qué?, ¿por qué tiene tan mala suerte?, ¿por qué a mí? No sabía ni quería encontrar las respuestas, simplemente las lanzaba a sí misma.

La madrugada le devolvió a casa lo que ella más quería y al verla entrar sintió que de repente quizá todo había sido un mal susto y aunque quedaban pocas horas para el evento, apenas unas siete horas, ella pudo palpar un ápice de esperanza. Su madre era fuerte y se lo transmitía, ella notó que su madre estaría a su lado ese día, que iba a poder celebrar con ella el día más importante de su vida. Por eso motivo se dirigió a la cama con preocupación pero un poco de tranquilidad. 

Aunque había cerrado los ojos, apenas consiguió dormir una horas. De repente un ruido y un lamento la despertaron. No podía ser. ¿Era una pesadilla o acaso ese ruido venía de la habitación de al lado? 

Así fue. Se levantó sigilosamente y pudo ver a su padre cabizbajo, agobiado y desesperado. De nuevo su madre, esa figura fuerte y central de la familia se encontraba igual de enferma. Había vuelto a recaer. La pesadilla se convirtió en realidad y ya apenas quedaban cinco horas. Ella quería hacerse la fuerte y no llorar delante de ellos pero no podía, se asfixiaba, se ahogaba, el dolor que sentía era demasiado fuerte y difícil de describir "nadie puede ponerse en mi lugar, nadie puede imaginarse este dolor que siento". No quiero seguir adelante. No quiero. No puedo. 

Tic-tac, tic-tac. El tiempo de nuevo corría en su contra y ella se empezaba a desesperar. 

Quiso acabar con todo, quiso dar por zanjado la celebración de aquel día. Era lo mejor y lo que su cuerpo y su mente le pedían. Sin embargo, al final...tienes que valorar, tienes que decidir y no solo pensar en ti, tienes que seguir adelante en las situaciones más adversas aún sin querer, aún sin poder. 

Y así fue. El día esperado después de seis meses, llegó.  La hora esperada, llegó. Sin protocolos, haciendo lo que más apetecía en ese momento porque ya sinceramente a ella no le importaba nada. Su pilar más importante no iba a estar ese día a su lado, su pilar más importante no iba a estar sentada en el altar ni iba a compartir una copa de vino con ella, ni mucho menos iba a verla bailar ni reír, ni tantas cosas...Si ella había seguido adelante había sido por su madre, porque se lo prometió. Pero a partir de ahí, nada de protocolos ni de guiones. Todo sería espontáneo y como surgiera, sin necesidad de reglamentos. 

El día terminó y la vida siguió. Está claro. Pero después de cuatro meses el dolor continúa presente. No ha logrado olvidar la pena ni ha podido contener las lágrimas cuando le preguntan por ese, su día, el más inolvidable. 

Si bien, el apoyo de sus seres queridos y el apoyo incondicional de su marido, que la protege, la cuida, la entiende y la valora, le hacen día a día intentar dejar a un lado aquel fatídico cinco de diciembre. Aunque cuando lo piense le duela, aunque las lágrimas sean incapaces de retenerse al escuchar valoraciones de aquel día, aunque los recuerdos la seguirá torturando y no le encontrará explicación ni respuesta a lo que el maldito destino le tenía preparado,  pero en la vida, como en todo, hay que terminar pasando página. Quizá por ello nació este escrito, para poder vomitar lo que aún tiene dentro, para poder soltar ese lastre que la persigue, para intentar  (si puede) pasar página. 

Porque una vez más, lo único que ella tiene claro es que la vida son momentos y la felicidad como tal es un concepto sobrevalorado, un concepto que no existe. La felicidad es efímera. La felicidad es compartir un atardecer o un café en buena compañía. La felicidad es recibir un beso espontáneo o un abrazo de esos que te devuelven la vida. La felicidad es hoy, ahora.  Por ello, si tienes la suerte de vivirla, compártela y disfrútala porque hoy eres feliz, ahora puedes ser feliz pero ¿y mañana? 






miércoles, 16 de septiembre de 2015

Elevamos sueños.

Empapada en lágrimas como cada mañana, Ellen despertó, y a pesar de sentir el otro lado de su cama álgido y seco, comenzó a buscarlo. Se sentía inquieta, un escalofrío recorrió su cuerpo persistiendo en ella esa angustia que la acompañaba por las noches.
En realidad Ellen nunca dormía. Hacía meses que se limitaba a cerrar los ojos y viajar al pasado, rehuir de su dolor presente e intentar permanecer en aquella nube de bienestar de la que jamás hubiese imaginado poder escapar. Alternaba presente y futuro puesto que su agudeza imaginativa le permitía fantasear con el momento en que se encontrarían de nuevo. Una y otra vez, Ellen podía sentir su fragancia, el sabor de aquellos besos, su mirada, sus abrazos, su forma de susurrar y sonreír.
Empapada en lágrimas como cada mañana, Ellen despertó. Súbitamente, aquellas palabras vinieron a su cabeza: “elevamos sueños,  tus sueños”. Haciendo ademán de levantarse encendió su primer cigarro y preparó una taza de café, con el propósito de conseguir indagar en aquellas palabras que la perseguían desde la madrugada. Ellen nunca recordaba sus sueños, ¿por qué tenía tan presentes aquellas palabras y no conseguía retener ni una sola imagen? Todas las respuestas posibles la torturaban y la llevaban a naufragar de manera desorientada. El humo del cigarrillo solo servía para perderse en una niebla de dolor aún más profundo. Ellen se sentía vacía, su corazón estaba hecho trizas, un nudo en el pecho le impedía respirar con normalidad mientras las lágrimas nacían bajando por sus mejillas. ¿Qué sueños? ¿Acaso le quedaban sueños para elevar? Ni tan siquiera sabía si ella tenía sueños, anhelos o ilusiones.
En medio de su soledad trataba de buscar el equilibrio y poder disimular sus penas aunque se decía una vez más que no sabía hasta cuándo podía seguir con aquel manual. Un manual que según el día de la semana le indicaba si debía quererlo u odiarlo, recordarlo u olvidarlo, guardarse los “te quiero” o lanzarlos al viento.
Deambulaba entre dos mitades. A ratos se sentía la mujer más dichosa del mundo por haber tenido todo, por haber aprendido a amar y a rozar los límites del deseo, de la pasión desmesurada. En otras ocasiones se sentía apenada por haber malgastado su tiempo, su vida, y por revivir una y otra vez aquellas ilusiones que fueron mutiladas y esfumadas en aquel fatídico amanecer.
Perdida la esperanza y las ganas de soñar, Ellen tomó un papel de su escritorio e intentó buscar un resquicio de cordura que le ayudara a encontrar esa nueva inspiración de aire puro: “Elevamos sueños. ¿Rotos, cumplidos, deseados?...”
Quizá en ese momento, Ellen no tenía sueños pero sí tenía la fuerza suficiente como para levantarse y crearlos, como para buscar la luz y salir de aquella oscuridad cegadora. Ella podía. Ella quería poder. 



viernes, 26 de junio de 2015

La marioneta olvidada.

No puede moverse sola.  Nunca podrá bailar, ni saltar, ni ser tan bonita como las demás.

Durante la noche se siente arrinconada y por el día demasiado reclamada. Está cansada de usar ese viejo antifaz, de hacerse la fuerte y ponerse a danzar, de tener que sacar sonrisas a los demás. Sus grandes ojos se pierden en el infinito buscando aquello que un día perdieron por algún falso delito.

Su muda boca se abre y se cierra, calla y murmura en secreto, habla y gesticula con calma. Sus piernas tan frágiles, son capaces de romperse si alguien tira de sus hilos de manera brusca y sin tacto, de manera violenta y sin mimo.





Solo ella sabe conservar como nadie historias de amor y amistad, soledades, penas y glorias. Retiene las últimas lágrimas vertidas por aquellos ojos que un día la observaron tras esa urna de cristal, urna que en cualquier momento volverá a abandonar. Para entonces venderá felicidad pero mientras tanto allí está, sin hacer ruido, respirando silencio, recordando momentos, sintiendo esa nostalgia por aquellas manos que no puede ni quiere olvidar. Manos que la tocaban, que la acariciaban, esas manos que con tanto cariño la trataban. Manos grandes y suaves, cálidas y reconfortantes. Manos que sentía como suyas porque durante años habían ejercido todo su control y dominio, haciéndola sentir segura, con ganas de seguir, de no rendirse.


Ahora todo era distinto.

Esas manos ya no estaban y con ello su corazón endeble, aunque de madera, se mitigaba.


A pesar de ello, la marioneta olvidada seguirá contando cuentos, seguirá narrando historias y representando obras de vidas ajenas, seguirá encerrada en ese viejo escaparate y aunque no puede evitar seguir siendo manipulada si podrá guardar solo para ella el sentir de aquellas manos y lo mucho que la hicieron vibrar.


Solo por eso, la marioneta olvidada ya no se siente tan desdichada.

jueves, 11 de junio de 2015

Sin.

A veces tenemos tiempo para muchas cosas y no lo perdemos en nada. Otras veces perdemos el tiempo en todo y no lo tenemos para lo que realmente importa.

Esto no es un relato más, simplemente un desorden mental que no me apetece ordenar.

Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que yo nunca pierdo el tiempo. Lo invierto. Lo aprovecho. Lo gasto. Lo comparto.

Perder pierdo otras cosas: vergüenza, dinero, ilusiones, lágrimas, sueños, esfuerzo. De la misma manera también creo que he ganado algo en todo este tiempo, algo muy valioso: fortaleza. Y bien necesaria, además.

Dicen que todo lo que sucede en esta vida sucede por algo, de la misma manera también dicen "quién siembra, recoge", refrán cuyo autor se quedaría descansando cuando lo inventó. Refrán que detesto desde lo más profundo de mi ser, el refrán más incierto, el  más jodido.

¿Quién recoge? Recogen los corruptos, los insensatos, recogen los egoístas. Porque aunque parezca demagogia recogen los que  menos se lo merecen y esa es la única verdad. La verdad universal.

A veces no tengo tiempo para nada y sin embargo hago todo. Otras veces, como hoy, me limito a escribir,  y también a saber retirarme a tiempo porque aunque ésta sea mi "casa" a veces no puedo ni debo limpiarla a fondo, tan sólo dar un barrido, hacer un boceto, entretener el hueco que dejas, aprender de la vida, del día a día, valorar, olvidar, echarte de menos, y querer-te, quererte siempre un poco más. 



domingo, 5 de abril de 2015

Flor marchita.



Al principio hubo ilusión, efímera alegría tras su visita, derroche de felicidad que terminó esfumándose y retornando a la más simple monotonía.

La quisieron dejar morir antes de tiempo, en soledad. Nadie le hablaba, ni le cantaba, ni le sonría. Nadie apreciaba su belleza. Ella seguía siendo la misma pero el paso de los días la carcomía y aquello que tan ansiosa esperaba quizá nunca llegaría.


Pasó el tiempo y se marchitó como ocurre con tantas otras cosas. "Al fin y al cabo, todo termina"; "Al fin y al cabo, nada es eterno..."

Pasó el tiempo y aún marchita, allí estaba ella…logrando mantenerse erguida y en pie, crecida ante las adversidades, marcando el lugar, mostrando la esperanza de que aún sí podía y quería seguir floreciendo.


jueves, 12 de febrero de 2015

Febrero.

Paseaba por la ciudad aprovechando el frío tempranero. No tenía nada qué hacer pero le gustaba callejear sin prisas, sin ruta ni destino marcado. Febrero había entrado fríamente y sus bajas temperaturas se notaban incluso estando reguardada en casa, a pesar de eso, a ella le gustaba sentir ese frío. 

Mientras deambulaba por las calles más atípicas, analizaba los rostros que pasaban a su lado; en una dirección, en otra, cruzando y saltándose los pasos de peatones. Rostros con prisas, desganados, ilusionados. Tenía la extraña manía de quedarse obnubilada por una cara, por un semblante que sobresalía de entre la multitud, por una mirada afligida, que caminaba a pasos por cortos, por una sonrisa escondida. Cuándo elegía a su alma diaria, se adentraba y veía más allá de la fachada. Su facultad de ver lo que nadie veía la hacía especial y diferente. Si acaso aquel día no conseguía llegar a "ver", tenía la prodigiosa imaginación de crear en su mente una historia. Un relato que pudiese alegrarle ese día gris o entristecerle un día rosa. Ella buscaba, y ella encontraba. A la carta. 

Transitando por aquellas amplias avenidas, el frío se hacía sentir mucho más. Tanto que fue capaz de notar cómo el aire gélido se calaba en sus huesos, cómo adormecía su rostro y se sumergía dentro de sus pies. Los calcetines parecían no cumplir la función prevista. Sus manos, entumecidas había dejado de sentirlas y su pequeña nariz era lo más parecido a un granizo escarchado.

-Va a llover - De repente, escuchó mencionar aquellas tres palabras y pudo comprobar cómo las escasas personas que se veían a su alrededor echaban a correr y se cobijaban bajo los techados de los edificios. Todos corrían, todos buscaban amparo de aquellas gotas que cada vez que caían con más intensidad. Todos menos ella. 


Seguía paseando sigilosamente, con calma, sintiendo agradablemente la lluvia caer, notando el agua que empapaba su ropa y se colaba entre sus lentes. Poco a poco fue sintiendo el pelo más mojado y algunos mechones goteaban adornando su cara. Evitaba vislumbrar que empezaba a sentir frío, mucho frío, pero sus dientes la delataron cuando empezaron a castañetear. Entonces sintió la necesidad de echar a correr, de reproducir lo que veía de los transeúntes pero de nada tenía que sobreguardarse, a ningún sitio tenía que ir. 

Tras unos segundos de meditación, un rayo esperanzador se dejó venir y sirvió para arrojar un poco de luz a aquella oscuridad que se había impregnado esa mañana de febrero. Los hilos de luz, fueron instalándose en aquella perpendicular, y ella, a pesar de tener sus labios morados y el cuerpo paralizado, pudo sentir el roce suave de aquellos dedos que le erizaron la piel y aquellas palabras que sólo podían provenir de una persona: -"Me encanta que haga frío. Cuando hace frío la mayoría de las cosas van más deprisa, o llegan antes"-  Su casualidad, esa frase de su película favorita, la casualidad que estaba esperando: el frío, la soledad, la mágica lluvia, aquellas palabras, esas manos. Tan sólo le quedaba dejarse llevar, porque la vida estaba llena de cosas sin explicación, y ella ni sabía, ni quería encontrarlas.

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